Manejo agronómico del cultivo de arroz

Dominar el manejo agronómico del arroz implica articular genética, fisiología y ambiente en un sistema altamente regulado, donde la elección de la variedad define la arquitectura del cultivo, su eficiencia en uso de nitrógeno y su respuesta a estrés biótico y abiótico, mientras la preparación del suelo condiciona la dinámica redox, la disponibilidad de fósforo y la emisión de metano, obligando a ajustar lámina de agua y rotaciones para sostener productividad y estabilidad ecológica.
Sobre esa base, el diseño de la fertilización debe integrar diagnósticos de suelo, curvas de extracción y sincronía oferta-demanda, coordinándose con la densidad de siembra y la fecha óptima para esquivar picos de plagas clave como Nilaparvata lugens, además, el manejo integrado de malezas mediante rotación de modos de acción y ventanas de secado intermitente reduce presión de selección y preserva la eficacia de herbicidas, mientras la mecanización precisa y el monitoreo fenológico permiten ajustar riego, reguladores de crecimiento y cosecha al índice de área foliar y al llenado de grano, maximizando rendimiento y calidad molinera.
Material vegetal y establecimiento del cultivo
La elección del material vegetal en arroz determina el techo productivo y la estabilidad del sistema, porque condiciona la respuesta del cultivo a clima, suelo, agua y manejo. En México, donde coexisten ambientes de riego tecnificado, riego rodado y temporal con alta variabilidad intra e interanual, la selección varietal exige integrar parámetros de rendimiento potencial, estabilidad, ciclo, resistencia a enfermedades, calidad de grano y adaptación a prácticas específicas de establecimiento. No se trata solo de escoger la variedad más rendidora en un cuadro comparativo, sino de alinear su arquitectura genética con la realidad biofísica y socioeconómica de cada unidad de producción.
Criterios técnicos para la elección de la variedad
El primer filtro es la adaptación agroecológica, determinada por temperatura media, fotoperiodo, altitud y régimen hídrico. El arroz es un cultivo termófilo, con óptimos entre 25 y 32 °C en fase vegetativa y ligera reducción hacia el llenado de grano, por lo que en México las variedades liberadas por INIFAP y programas privados se clasifican para zonas tropicales húmedas, trópico seco con riego y valles cálidos. Una variedad que rinde 10.0 t/ha en trópico húmedo puede caer por debajo de 6.0 t/ha si se desplaza a un valle con noches frías durante floración, debido a esterilidad de espiguillas y desbalance fuente-demanda.
El segundo criterio es el ciclo biológico y su sincronía con la disponibilidad de agua y ventanas de siembra. En distritos de riego con dotaciones restringidas, las variedades de ciclo corto (95-110 días a cosecha) permiten ajustar calendarios para escapar de picos de demanda hídrica o de heladas tempranas, mientras que en zonas con riego estable y suelos profundos, los materiales de ciclo intermedio (115-130 días) suelen expresar mayor rendimiento por mayor duración de la fase de llenado. La decisión no es trivial, porque el ciclo define también la competitividad con malezas, la exposición a plagas específicas y la logística de rotación con otros cultivos como maíz o soya.
Un tercer eje es la resistencia genética a enfermedades y plagas clave, en particular a piricularia (Magnaporthe oryzae), tizón de la vaina (Rhizoctonia solani), añublo bacterial y, en ciertos ambientes, a virus transmitidos por insectos. La presión de selección ejercida por el monocultivo y el uso repetido de un mismo gen de resistencia han favorecido la aparición de razas más agresivas de piricularia, por lo que hoy se priorizan variedades con resistencia horizontal o de tipo cuantitativo, complementadas con manejo integrado. En sistemas con historial de infestaciones severas, la elección de un material moderadamente resistente puede reducir en más de 30 % la necesidad de fungicidas, con impacto directo en costos y sostenibilidad.
La calidad de grano es un factor decisivo en la rentabilidad, aun cuando no modifique el rendimiento en campo. La industria molinera y el mercado mexicano demandan granos largos y delgados, con bajo porcentaje de granos partidos y buena estabilidad de cocción, lo que obliga a evaluar longitud, relación largo/ancho, translucidez, contenido de amilosa y comportamiento en cocción. Variedades con excelente rendimiento pero con alto porcentaje de tiza o grano quebradizo generan descuentos significativos en el precio pagado al productor, por lo que la selección debe considerar pruebas de molienda y calidad industrial, no solo datos de campo.
Finalmente, la arquitectura de planta y la respuesta al manejo de nitrógeno condicionan el potencial de intensificación. Variedades modernas con porte bajo, entrenudos cortos y alta capacidad de macollamiento permiten densidades de siembra menores y mejor penetración de luz, reduciendo el acame incluso con dosis altas de N. En contraste, materiales más altos, aunque adaptados, requieren ajustes en densidad, fertilización y lámina de agua para evitar pérdidas por volcamiento. Esta interacción genotipo–manejo es central al diseñar el sistema de establecimiento.
Semilla certificada y calidad fisiológica
Elegida la variedad, el siguiente punto crítico es la calidad de la semilla, que define la uniformidad del stand y la eficiencia en uso de insumos. La semilla certificada garantiza identidad varietal, pureza genética y sanitaria, pero además es indispensable verificar parámetros de viabilidad y vigor, como porcentaje de germinación (idealmente ≥ 90 %), energía germinativa y peso de 1,000 granos. En arroz, donde la siembra directa en suelo saturado o inundado expone a la semilla a hipoxia y patógenos, el vigor adquiere un peso mayor que en otros cereales.
El uso de semilla propia sin selección rigurosa incrementa la presencia de mezclas varietales, semillas dañadas por secado inadecuado y patógenos transmitidos por semilla como Fusarium y Bipolaris, lo que se traduce en emergencia desuniforme y mayor presión de enfermedades en etapas tempranas. Ensayos recientes en ambientes de riego en el trópico mexicano han mostrado diferencias de hasta 1.5-2.0 t/ha entre lotes establecidos con semilla certificada frente a semilla de granja del mismo material, atribuibles en gran medida a calidad fisiológica y sanitaria.
Los tratamientos de semilla complementan esta estrategia, combinando fungicidas sistémicos y de contacto, e incluso insecticidas cuando se anticipan ataques tempranos de chinches o trips. En algunos sistemas, se exploran bioinsumos a base de Trichoderma o bacterias promotoras de crecimiento, buscando mejorar la tolerancia a estrés y la sanidad radicular, aunque su eficacia depende de la cepa, la formulación y la compatibilidad con el ambiente edáfico. La clave es integrar estos tratamientos en un paquete tecnológico coherente, evitando mezclas empíricas que comprometan la germinación.
Estrategias de establecimiento del cultivo
El establecimiento del cultivo de arroz en México se apoya principalmente en tres estrategias: siembra directa en seco, siembra directa en húmedo/inundado y trasplante, cada una con ventajas y limitantes que interactúan con la variedad seleccionada. La siembra directa en seco, sobre suelo preparado y con humedad adecuada, permite mecanización amplia y reducción de costos laborales, pero expone al cultivo a mayor competencia temprana de malezas, por lo que se favorecen variedades con rápida emergencia y macollamiento vigoroso. La profundidad de siembra, generalmente entre 1.5 y 3.0 cm, debe ajustarse a textura del suelo y tamaño de semilla, porque profundidades excesivas en suelos pesados reducen la emergencia y generan desuniformidad.
En la siembra directa en húmedo o sobre lámina somera, la semilla se deposita en suelos saturados o con agua superficial, lo que mejora el control de malezas de hoja ancha y gramíneas no adaptadas a anegamiento, pero exige semilla con alto vigor y, en algunos casos, pre-germinación controlada. Esta técnica requiere sincronizar el grado de imbibición de la semilla con la fecha de siembra, evitando tanto la emisión excesiva de radícula como la siembra con semilla aún dura, ya que ambos extremos reducen la capacidad de anclaje y la tolerancia a corrientes de agua o vientos.
El trasplante, ya sea manual o mecanizado, se reserva para sistemas intensivos o zonas con alta presión de malezas y limitación de agua en etapas tempranas, donde la producción de plántulas en almácigo permite un uso más eficiente del recurso hídrico y un control más preciso de la densidad. Las plántulas se trasplantan usualmente entre los 18 y 25 días de edad, con 3-4 hojas verdaderas, momento en que el sistema radicular permite una rápida recuperación del estrés de trasplante. Esta estrategia favorece variedades con buena capacidad de rebrote y macollamiento, y con tolerancia al estrés mecánico, pues el daño en raíces y tallos basales puede predisponer a infecciones por hongos del cuello.
La densidad de población es un punto de encuentro entre variedad y método de establecimiento. Materiales de alto macollamiento requieren dosis de siembra menores, del orden de 60-80 kg/ha, mientras que genotipos de bajo macollamiento o con menor vigor inicial pueden demandar 90-120 kg/ha para asegurar un stand final de 250-350 plantas/m², dependiendo del objetivo de rendimiento y del sistema de manejo de agua. Excesos en densidad incrementan el riesgo de acame, la incidencia de enfermedades foliares por cierre temprano del dosel y la competencia intraespecífica por luz y nutrientes.
El manejo del agua en la fase de establecimiento es determinante para la expresión del potencial varietal. Una lámina somera o suelos a capacidad de campo durante germinación y emergencia favorecen el desarrollo radicular, mientras que el establecimiento de una lámina continua demasiado temprano puede limitar la aireación, sobre todo en suelos pesados, y aumentar la susceptibilidad a pudriciones. En variedades sensibles al acame, el retraso deliberado de la inundación permanente hasta después del macollamiento inicial ayuda a promover raíces más profundas y tallos más robustos, lo que reduce el volcamiento en fases posteriores.
La preparación del terreno y la nivelación de precisión cierran este conjunto de decisiones. Un nivelado láser adecuado permite una distribución uniforme de la lámina de agua, reduce zonas encharcadas y áreas secas, y homogeneiza la emergencia, lo que es crucial para variedades con ventana estrecha de floración, ya que la desuniformidad amplía el periodo de susceptibilidad a estrés térmico y plagas. Además, un relieve bien manejado facilita la aplicación oportuna de herbicidas de preemergencia, cuya eficacia depende de la uniformidad de humedad y de la posición de la semilla en el perfil.
En suma, el manejo agronómico del material vegetal y el establecimiento del cultivo de arroz no se resuelve con decisiones aisladas, sino con una secuencia de elecciones coherentes, donde la variedad, la calidad de la semilla, el método de siembra, la densidad y el manejo del agua se articulan para construir un sistema resiliente y productivo frente a la variabilidad climática y las exigencias del mercado.
Claves del desarrollo vegetativo
El desarrollo vegetativo del arroz define la arquitectura del cultivo, su capacidad fotosintética y, en consecuencia, el potencial de rendimiento y la eficiencia en el uso de recursos. Entre emergencia y diferenciación de primordio floral, cada decisión sobre riego, nutrición y labores culturales altera la dinámica de macollamiento, el vigor radicular y la respuesta a estrés biótico y abiótico. En sistemas arroceros de México, donde predominan condiciones de riego por gravedad y suelos con texturas variables, afinar el manejo en esta fase es la diferencia entre un cultivo que solo sobrevive y uno que expresa su máximo potencial genético.
Manejo del riego y ambiente hídrico
El arroz responde menos al volumen total de agua que al patrón temporal del riego y a la estabilidad del ambiente hídrico en el rizosfera. Durante el desarrollo vegetativo, el objetivo no es mantener láminas profundas de agua por costumbre, sino regular la lámina de inundación para estimular un macollamiento eficiente, una aireación radicular adecuada y un control razonable de malezas. En suelos pesados de la cuenca del Balsas o del Papaloapan, una lámina inicial de 3–5 cm después del establecimiento, incrementada gradualmente hasta 7–10 cm hacia el máximo macollamiento, suele sostener una buena relación entre crecimiento aéreo y radicular, siempre que la nivelación del terreno sea precisa.
Sin embargo, la investigación reciente ha mostrado que el riego intermitente o riego alternado húmedo-seco (AWD, por sus siglas en inglés) puede reducir el consumo de agua entre 20 y 30 % sin penalizar el rendimiento cuando se aplica de forma controlada. Durante el desarrollo vegetativo, esto implica permitir que el nivel freático descienda hasta 10–15 cm por debajo de la superficie antes de reanegar, manteniendo el suelo húmedo pero no saturado por periodos cortos, lo que favorece una oxidación parcial de la rizosfera, mejora la disponibilidad de fósforo en ciertos suelos y reduce emisiones de metano. La clave es evitar estrés hídrico en etapas críticas de macollamiento activo, por lo que se requiere monitoreo frecuente de la humedad del suelo, no solo observación visual de la lámina.
El manejo del riego también condiciona la dinámica de nutrientes y la toxicidad por elementos reducidos, en especial hierro y manganeso en suelos mal drenados. Una inundación continua y profunda desde etapas tempranas puede inducir condiciones fuertemente reductoras, liberar Fe²⁺ y Mn²⁺ en concentraciones fitotóxicas y comprometer el desarrollo radicular, por lo que alternar periodos cortos de drenaje superficial durante el desarrollo vegetativo ayuda a estabilizar estos elementos, mejorar la difusión de oxígeno hacia las raíces y reducir el riesgo de acame posterior, al estimular un sistema radicular más robusto y profundo.
En regiones con disponibilidad limitada de agua de riego, como algunos distritos de riego de Nayarit y Tamaulipas, el diseño de calendarios de riego vegetativo debe integrar el pronóstico climático estacional, la capacidad de retención de agua del suelo y la fecha probable de diferenciación floral. Un manejo hídrico que prioriza estabilidad en macollamiento, aun con láminas moderadas, es más eficiente que un esquema de riegos abundantes pero irregulares, que provoca pulsos de estrés y sobrecrecimiento vegetativo difícil de sostener en fases posteriores.
Nutrición y fertilización durante el desarrollo vegetativo
La nutrición nitrogenada domina la conversación agronómica en el arroz, pero su eficacia depende de la sincronía con la demanda del cultivo y con las condiciones redox del suelo. Durante el desarrollo vegetativo, el nitrógeno controla el número de macollos efectivos y el área foliar, por lo que su manejo debe buscar un equilibrio entre vigor y eficiencia, evitando tanto la deficiencia temprana como el exceso que conduce a macollos improductivos y mayor susceptibilidad a enfermedades. En sistemas inundados, la forma amoniacal es más estable, por lo que la aplicación de urea o sulfato de amonio en fracciones escalonadas, con una dosis inicial al establecimiento y una o dos aplicaciones de cobertura antes del máximo macollamiento, suele maximizar la recuperación aparente de N.
El fraccionamiento de la dosis total de N, ajustado a la capacidad productiva del lote y al historial de manejo, permite adaptar la fertilización a la respuesta real del cultivo. Herramientas como el cartón de color de hoja o sensores ópticos de índice de verdor ofrecen una aproximación práctica para corregir dosis en tiempo real, reduciendo el riesgo de sobrefertilización que, en condiciones de inundación, se traduce en pérdidas por volatilización de amoníaco o desnitrificación. La incorporación de urea con ligera labranza o su aplicación previa a la inundación, seguida de un riego que minimice la exposición al aire, mejora la eficiencia de uso del N y reduce costos ambientales.
El fósforo y el potasio durante el desarrollo vegetativo sostienen, respectivamente, la expansión radicular y la integridad estructural del tejido, influyendo en la resistencia al acame y en la tolerancia a estrés hídrico transitorio. En suelos arroceros de México con pH cercano a la neutralidad, la aplicación de P al fondo, antes de la inundación inicial, asegura su ubicación en la zona de máxima exploración radicular, mientras que el K puede aplicarse en una sola dosis basal o fraccionarse cuando se anticipa alta extracción por rendimientos superiores a 8.0 t/ha. La deficiencia de K en esta etapa se manifiesta en clorosis marginal y reducción de macollos efectivos, además de mayor incidencia de enfermedades vasculares.
Los micronutrientes adquieren relevancia en sistemas intensificados con alta extracción y en suelos con historial de monocultivo arrocero. El zinc es crítico en el establecimiento y primeras fases vegetativas, pero su disponibilidad se ve afectada por la inundación prolongada y por altos niveles de fósforo, por lo que la aplicación de Zn en forma de sulfato, incorporado al suelo o aplicado como recubrimiento de semilla, reduce la incidencia de plántulas enanas y cloróticas. El silicio, aunque no esencial en sentido estricto, mejora la rigidez de tejidos y la eficiencia fotosintética, su aplicación mediante escorias silíceas o fuentes minerales locales durante la preparación del terreno se traduce en plantas más erectas, con mejor intercepción de luz y menor incidencia de enfermedades foliares.
La integración de la fertilización orgánica, mediante abonos verdes o residuos de cosecha manejados adecuadamente, modifica la dinámica de liberación de N y P durante el desarrollo vegetativo, amortigua cambios de pH y mejora la estructura del suelo, lo que se traduce en un sistema radicular más profundo y resiliente. Sin embargo, su uso exige ajustar las dosis de fertilizantes minerales, considerando la mineralización esperada y evitando duplicar aportes de N en momentos de baja demanda.
Labores culturales y arquitectura del cultivo
Las labores culturales durante el desarrollo vegetativo se orientan a construir una arquitectura de cultivo que maximice la intercepción de radiación y minimice la competencia interespecífica. El control de malezas es prioritario en las primeras semanas, cuando la relación de alturas y coberturas se define a favor del arroz o de las malezas. Una lámina de agua bien manejada, en combinación con herbicidas selectivos aplicados en preemergencia o postemergencia temprana, reduce la presión de gramíneas y ciperáceas, pero su eficacia depende de la sincronía entre el momento de aplicación, el estado de humedad del suelo y la estabilidad de la lámina. El retraso en el control de malezas más allá de los 30–35 días después de la siembra compromete de forma irreversible el macollamiento efectivo y la uniformidad del stand.
El manejo de la densidad de siembra y la uniformidad de distribución de plantas condicionan la necesidad de labores adicionales. En siembras con densidad excesiva, el macollamiento individual se reduce, se incrementa la competencia intraespecífica por luz y nitrógeno y se favorece un microclima húmedo en el dosel, que predispone a enfermedades foliares. En estos casos, un manejo más conservador de N y una lámina de riego moderada ayudan a contener el crecimiento vegetativo excesivo. En contraste, en lotes con fallas de población, el manejo hídrico y nutricional debe favorecer el macollamiento compensatorio, asegurando suficiente N disponible en la fase de macollamiento activo y evitando fluctuaciones de humedad que limiten la expansión lateral de raíces.
La nivelación de parcelas no es solo una práctica de preparación del terreno, sino un determinante del comportamiento del cultivo durante todo el desarrollo vegetativo. Microdepresiones y lomos generan gradientes de profundidad de lámina que se traducen en diferencias de temperatura del agua, estrés hipóxico o déficit hídrico localizado, lo que produce variabilidad en macollamiento y altura de planta. La nivelación láser, combinada con marcos de plantación o surcos bien definidos en sistemas de siembra directa, permite un control más preciso de la lámina y de la distribución de fertilizantes, reduciendo la heterogeneidad intra-parcela.
El monitoreo fitosanitario en esta fase se centra en plagas que atacan tejido vegetativo, como el gusano cogollero o ciertos barrenadores, y en enfermedades foliares tempranas, cuya incidencia se ve amplificada por excesos de nitrógeno y alta densidad de siembra. Integrar el manejo de plagas con decisiones de fertilización y riego evita respuestas reactivas basadas solo en agroquímicos, favoreciendo estrategias de manejo integrado que consideran umbrales económicos, presencia de enemigos naturales y condiciones climáticas.
Finalmente, la articulación entre riego, nutrición y labores culturales durante el desarrollo vegetativo del arroz no puede abordarse como un conjunto de prácticas aisladas, sino como un sistema de decisiones interdependientes, donde cada ajuste en la lámina de agua, en la dosis y momento de fertilización o en el control de malezas modifica el microambiente del cultivo y su trayectoria de crecimiento hacia la fase reproductiva.
Claves del desarrollo reproductivo
El desarrollo reproductivo del arroz define el potencial de rendimiento con una precisión que raras veces permite correcciones posteriores, por eso las decisiones de riego, nutrición y labores culturales en esta fase deben sincronizarse con la fisiología del cultivo y no solo con el calendario. Desde la iniciación de la panícula hasta la madurez fisiológica, cada estrés deja una huella cuantificable en número de espiguillas, porcentaje de floración efectiva y llenado de grano, de modo que el manejo agronómico debe sostener la actividad fotosintética y la estabilidad del microambiente alrededor de la planta.
Manejo del riego en la fase reproductiva
El arroz responde de forma crítica al estado hídrico durante iniciación de panícula, embuche, antesis y llenado de grano, por lo que el agua deja de ser solo un medio de control de malezas y pasa a ser un factor determinante del cuajado. En sistemas inundados tradicionales, el objetivo es mantener una lámina estable de 5–10 cm desde 10–15 días antes de la antesis hasta al menos 10 días después, evitando fluctuaciones bruscas que comprometan la aireación radicular y la absorción de nutrientes móviles como el nitrógeno (N) y el potasio (K).
En distritos de riego de México, donde la disponibilidad hídrica es cada vez más variable, los esquemas de riego intermitente controlado (AWD) deben ajustarse con cautela en la fase reproductiva, ya que el secado excesivo del suelo, aun sin llegar al marchitamiento, reduce la expansión de la panícula y la viabilidad del polen. Se recomienda que, si se aplica AWD, la lámina se permita descender solo hasta que el nivel freático se ubique a no más de 10–15 cm por debajo de la superficie, reestableciendo el riego antes de la antesis, de preferencia manteniendo inundación continua durante floración y los primeros 7–10 días de llenado.
La temperatura del agua también modula el éxito reproductivo, especialmente en regiones arroceras del trópico seco donde las olas de calor coinciden con la antesis. Mantener una lámina estable actúa como amortiguador térmico, reduciendo picos de temperatura en la zona de panículas emergentes, mientras que fluctuaciones extremas entre inundación y suelo expuesto intensifican el estrés térmico y la esterilidad de espiguillas. Por ello, el manejo del riego debe integrarse con pronósticos climáticos de corto plazo, ajustando caudales para amortiguar eventos de calor extremo.
A medida que el cultivo entra en madurez lechosa y pastosa, el riego deja de ser un factor de definición del número de granos y pasa a ser clave para el llenado y el peso de mil granos, por lo que se recomienda mantener una humedad cercana a capacidad de campo, evitando tanto el anegamiento prolongado que favorece el acame, como el secado prematuro que acelera la senescencia foliar y reduce el transporte de asimilados hacia la panícula.
Nutrición y fertilización en la etapa reproductiva
La nutrición del arroz en la fase reproductiva se sostiene sobre tres pilares: disponibilidad continua de N y K, aporte suficiente de fósforo (P) para sostener la energía metabólica y niveles adecuados de silicio (Si) y micronutrientes que estabilicen la arquitectura y la fisiología de la planta. La clave es comprender que, en esta etapa, el cultivo depende de la sincronía entre la remobilización de reservas vegetativas y la absorción continua desde el suelo.
El nitrógeno mantiene la actividad fotosintética de las hojas superiores, en especial la hoja bandera, que aporta una fracción significativa de los fotoasimilados destinados al grano, sin embargo, aplicaciones tardías y excesivas de N cerca de la antesis incrementan el índice de área foliar de forma desbalanceada, prolongan el ciclo, favorecen el acame y aumentan la susceptibilidad a enfermedades como piricularia (Pyricularia oryzae). Lo más eficiente es ajustar el último aporte de N (en forma de urea o mezclas N-K) alrededor de la iniciación de panícula, con dosis calculadas a partir del rendimiento objetivo y del N mineralizable del suelo, evitando re-aplicaciones después de la embuche salvo que el cultivo muestre deficiencias claras y el riesgo de acame sea bajo.
El potasio adquiere un papel central en la regulación osmótica, la resistencia al acame y la tolerancia a estrés abiótico, por lo que su deficiencia en la fase reproductiva se traduce en tallos débiles y menor llenado de grano. En suelos con niveles medios a bajos de K intercambiable, conviene que al menos el 40–50 % de la dosis total se encuentre disponible antes de la iniciación de panícula, complementando con aplicaciones de cobertura si los análisis foliares muestran concentraciones por debajo de rangos críticos. La relación N:K debe vigilarse con especial atención, ya que un exceso relativo de N frente a K es uno de los predictores más consistentes de acame en variedades de alto potencial.
El fósforo, aun cuando se aplica principalmente al inicio del ciclo, sigue siendo determinante durante el desarrollo reproductivo, ya que participa en la formación de ATP y en la integridad de membranas durante el transporte de fotoasimilados, por lo que en suelos con alta fijación de P o con pH extremos, el monitoreo con análisis de suelo y, cuando es posible, con diagnósticos rápidos en planta, permite justificar aplicaciones complementarias localizadas o el uso de fuentes de liberación gradual.
En ambientes arroceros de México con suelos ácidos o con historial de uso intensivo, los micronutrientes como zinc (Zn), boro (B) y hierro (Fe) pueden limitar el rendimiento en la fase reproductiva, aun cuando los síntomas visuales sean discretos. El Zn interviene en la formación de polen viable y en la elongación de entrenudos, el B en la fecundación y el desarrollo temprano del embrión, y el Fe en la fotosíntesis y la respiración, por lo que aplicaciones foliares dirigidas, basadas en análisis previos, pueden corregir deficiencias subclínicas que, acumuladas, reducen el porcentaje de espiguillas llenas.
El silicio, aunque no se considera un nutriente esencial en sentido estricto, fortalece las paredes celulares y mejora la resistencia mecánica y sanitaria de la planta, reduciendo el acame y la severidad de enfermedades foliares durante el llenado de grano, de modo que en sistemas intensivos, la incorporación de fuentes de Si (escorias, silicatos cálcicos o enmiendas locales ricas en Si) al suelo o la aplicación de formulaciones solubles puede ser una herramienta estratégica, sobre todo en variedades de porte medio o alto.
Labores culturales clave en la fase reproductiva
Las labores culturales durante el desarrollo reproductivo se orientan a proteger el potencial de rendimiento ya definido, minimizando pérdidas por acame, competencia, enfermedades y estrés mecánico, por lo que su calendario debe coordinarse con el riego y la fertilización para evitar interferencias fisiológicas.
El control de malezas en esta etapa se enfoca en evitar la competencia tardía por luz y nutrientes, así como la interferencia mecánica con la aireación de la panícula, por lo que la presencia de malezas de ciclo largo como Echinochloa spp. o Cyperus spp. debe mantenerse por debajo de umbrales muy bajos. En la fase reproductiva, el uso de herbicidas postemergentes requiere especial cuidado, pues el cultivo es más sensible a fitotoxicidad, de modo que se privilegia el control mecánico o manual, así como la manipulación de la lámina de agua para ahogar malezas susceptibles.
El manejo del acame se convierte en una prioridad operativa, ya que el acame en antesis o llenado temprano provoca pérdidas significativas de rendimiento y calidad. Más allá del balance de N y K, prácticas como la regulación de la profundidad de la lámina en suelos pesados, la selección de densidades de siembra moderadas y la elección de variedades con buen índice de resistencia al acame son decisiones que se consolidan en esta etapa. Si se anticipan vientos fuertes o lluvias intensas, reducir temporalmente la lámina de agua puede ayudar a disminuir el peso sobre la base del tallo, sin exponer la planta a estrés hídrico.
El manejo fitosanitario durante la fase reproductiva se centra en enfermedades que afectan directamente la panícula y el llenado, como la piricularia de cuello, las pudriciones de panícula y ciertas bacteriosis, por lo que la vigilancia debe intensificarse desde la embuche hasta la madurez lechosa. La interacción entre nutrición, densidad de siembra y régimen de riego determina la humedad relativa en el dosel, de modo que estrategias de manejo integrado de enfermedades que incluyan variedades tolerantes, rotación de ingredientes activos y ajustes de lámina de agua resultan más efectivas que la dependencia exclusiva en fungicidas.
En paralelo, el manejo de plagas como chinches del grano, barrenadores del tallo y defoliadores tardíos debe basarse en muestreos sistemáticos y umbrales económicos de daño, ya que aplicaciones calendarizadas sin diagnóstico no solo incrementan costos, también alteran la fauna benéfica y pueden exacerbar brotes secundarios. La combinación de monitoreo entomológico, conservación de enemigos naturales y uso racional de insecticidas selectivos protege el llenado de grano sin comprometer la sostenibilidad del sistema.
Finalmente, la programación de la cosecha se empieza a definir en la fase reproductiva tardía, ya que decisiones sobre el momento de suspender el riego, el grado de madurez objetivo y la logística de maquinaria dependen del ritmo de llenado y de la uniformidad de madurez entre lotes. Suspender el riego alrededor de 7–10 días antes de la cosecha, cuando el cultivo se aproxima a madurez fisiológica, permite consolidar el peso del grano, reducir la humedad del suelo para facilitar la entrada de maquinaria y disminuir el riesgo de acame tardío, siempre que no se adelante en exceso, lo que provocaría granos vanos o con bajo peso específico.
Indicadores y actividades para la cosecha
La decisión de cosechar arroz no es un acto rutinario, sino un punto de inflexión que define el rendimiento real, la calidad molinera y la rentabilidad del ciclo. El cultivo puede mostrar un aparente “madurez visual”, pero solo algunos indicadores fisiológicos y físicos permiten ubicar la ventana óptima de corte, especialmente bajo las condiciones heterogéneas de riego y temporal que caracterizan a las regiones arroceras de México.
Indicadores críticos de madurez y momento de cosecha
El primer indicador robusto es el porcentaje de granos maduros por panícula, evaluado en la franja central del lote, evitando bordes y zonas encharcadas. Para variedades modernas de Oryza sativa tipo índica, el intervalo óptimo se sitúa cuando al menos 90-95 % de los granos están amarillos o pajizos, con menos de 5-10 % de granos verdes en la panícula, lo que reduce el riesgo de granos vanos y de bajo peso hectolítrico. Este criterio visual, sin embargo, se fortalece cuando se integra con parámetros cuantitativos.
El segundo indicador clave es la humedad del grano, que debe medirse con equipos portátiles calibrados para arroz con cáscara. Para cosecha mecánica destinada a secado artificial, el rango más eficiente se ubica entre 20-24 % de humedad, mientras que para secado principalmente al sol se busca acercarse a 18-20 %, equilibrando pérdidas por desgrane con la capacidad real de secado disponible. Humedades superiores a 24 % incrementan el porcentaje de granos quebrados durante el trillado, en tanto que valores por debajo de 18 % se asocian con desgrane natural, apertura de panículas y mayor exposición a aves y roedores.
La coloración de la panoja y de las glumas sigue siendo un indicador práctico, pero debe interpretarse con cautela, ya que la variabilidad entre genotipos puede inducir errores. En la mayoría de las variedades comerciales mexicanas, la panoja debe presentar una tonalidad amarillo-dorada uniforme, con el tallo aún algo verde en los primeros 2-3 nudos bajo la panícula. Si el tallo está completamente seco y quebradizo, el lote se acerca a una fase de sobre-madurez, asociada con pérdidas de rendimiento y caída de calidad molinera.
Otro indicador, menos atendido pero decisivo, es la uniformidad de madurez dentro del lote, que se ve afectada por desuniformidad en la lámina de riego, diferencias de fertilización nitrogenada y variabilidad en la fecha de emergencia. Cuando la proporción de áreas atrasadas supera 15-20 % de la superficie, la cosecha se vuelve un compromiso entre capturar el máximo potencial de las zonas adelantadas y evitar el exceso de granos verdes en las zonas rezagadas, lo que impacta directamente el porcentaje de granos yesosos y el comportamiento en el molino.
La resistencia al desgrane también debe considerarse, sobre todo en materiales con pedicelo frágil o en regiones con vientos fuertes al final del ciclo. Un método práctico consiste en sacudir manualmente panículas representativas sobre una lona, contando el porcentaje de granos que caen; valores superiores a 5 % de caída bajo una agitación moderada anticipan pérdidas significativas si se retrasa la cosecha, en especial cuando se combinan con humedades por debajo de 18 %.
Finalmente, el estado sanitario del cultivo condiciona el margen de maniobra. La presencia de manchado de grano por Bipolaris oryzae, Fusarium spp. o complejos de hongos asociados a lluvias tardías obliga a adelantar el corte incluso con humedades ligeramente superiores al óptimo, para evitar incrementos en granos manchados y micotoxinas. De forma similar, la incidencia de acame por vientos, exceso de nitrógeno o tallos débiles reduce drásticamente la ventana de cosecha, ya que el grano en contacto con el suelo incrementa su humedad, se contamina con microorganismos y complica la recolección mecánica.
Actividades previas a la cosecha: preparación del lote y logística
Una vez definidos los indicadores de madurez, la atención se desplaza a las actividades de preparación, que determinan la eficiencia operativa de la cosecha. La primera acción crítica es la gestión del agua, programando el retiro de la lámina de riego entre 10 y 15 días antes de la fecha estimada de corte, según textura del suelo y profundidad del manto freático. En suelos pesados, el drenaje anticipado permite un mejor soporte para la cosechadora, reduce el acame por saturación y facilita el tránsito de maquinaria, mientras que en suelos ligeros el retiro excesivamente temprano puede inducir estrés hídrico y acelerar una madurez desigual.
En paralelo, se realiza una evaluación de acame y de la portancia del suelo, ajustando la estrategia de entrada de la cosechadora. En lotes con acame severo, se recomienda planear el avance de la máquina en sentido opuesto a la dirección de caída de las plantas, reduciendo la velocidad de avance y ajustando la altura del cabezal para capturar la mayor cantidad de biomasa útil. Esta planificación previa evita tener que improvisar dentro del lote, lo que suele traducirse en pérdidas de grano y consumo excesivo de combustible.
La logística de poscosecha debe estar definida antes de que la primera máquina entre al campo. Esto incluye la disponibilidad de secadoras, patios de secado, tolvas, transporte y capacidad de almacenamiento. En regiones donde la infraestructura de secado es limitada, se vuelve indispensable sincronizar el ritmo de cosecha con la capacidad real de secado diario, evitando que el arroz con cáscara permanezca más de 24-36 horas en montones sin aireación, lo que favorece el aumento de temperatura interna, la respiración del grano y el deterioro de la calidad industrial.
Una actividad frecuentemente subestimada es la calibración de la cosechadora, que debe realizarse en función de la humedad del grano, el rendimiento esperado y las características de la variedad. La velocidad del cilindro, la apertura del cóncavo, la regulación de ventiladores y cribas deben ajustarse para minimizar el porcentaje de grano quebrado y las pérdidas por expulsión en la cola de la máquina. Ensayos de campo en América Latina muestran que una mala regulación puede incrementar las pérdidas totales por encima de 8-10 %, mientras que un ajuste fino las mantiene por debajo de 3-4 %, con impacto directo en la utilidad del productor.
Cosecha mecánica y manejo inmediato del grano
Durante la cosecha mecánica, el objetivo es lograr un equilibrio entre capacidad operativa y conservación de la calidad del grano. La velocidad de avance suele situarse entre 3,5 y 5,0 km/h, dependiendo de la densidad de plantas, el grado de acame y la potencia de la cosechadora. Una velocidad excesiva incrementa las pérdidas por cabezal y por expulsión, mientras que una velocidad demasiado baja encarece la operación y expone el lote a riesgos climáticos adicionales.
La altura de corte es otro parámetro clave, no solo desde la óptica de la eficiencia, sino también del manejo posterior de rastrojos. Un corte demasiado alto puede dejar panículas bajas sin recolectar, en particular en variedades con inserción de panoja más baja o en lotes con acame parcial, mientras que un corte muy bajo incrementa la entrada de paja a la máquina, saturando el sistema de trilla y elevando el consumo de combustible. En la práctica, se busca una altura que capture toda la panoja y 20-30 cm de tallo, lo que equilibra eficiencia y manejo de residuos.
El monitoreo continuo de pérdidas durante la cosecha es una actividad indispensable, no un lujo técnico. Se recomienda detener periódicamente la máquina, colocar bandejas o lonas detrás y bajo el cabezal, y cuantificar los granos en el suelo, diferenciando pérdidas por cabezal, por trilla y por limpieza. Esta información permite ajustes inmediatos en la regulación de la cosechadora, evitando que un error de configuración se prolongue durante hectáreas completas.
Una vez recolectado, el arroz con cáscara entra en una fase crítica: el manejo inmediato del grano. El transporte desde el lote hasta el centro de acopio o secado debe minimizar el tiempo de permanencia en remolques sin ventilación, sobre todo cuando la humedad del grano supera 20 %. El llenado de tolvas debe realizarse sin compactar excesivamente el grano, ya que la compactación aumenta la temperatura interna y dificulta el secado homogéneo, lo que favorece la aparición de fisuras internas y reduce el rendimiento en arroz entero.
En sistemas con secado artificial, la recomendación técnica actual se orienta a tasas de secado moderadas, reduciendo la humedad de 22-24 % a 14-15 % en varias etapas, evitando descensos bruscos superiores a 4-5 puntos porcentuales por ciclo, que inducen estrés térmico e hídrico en el grano. En secado al sol, la distribución de la capa de grano debe ser delgada, entre 3 y 5 cm, con volteos frecuentes para evitar gradientes de humedad y temperatura, especialmente en climas cálidos y húmedos.
Todo este conjunto de indicadores y actividades converge en un objetivo común: transformar el potencial genético y agronómico del cultivo en rendimiento comercial de alta calidad, con la menor pérdida posible entre la parcela y el molino. La cosecha, lejos de ser el final pasivo del ciclo, es una fase intensiva en decisiones técnicas, donde cada día de retraso, cada punto de humedad y cada ajuste de máquina se traduce en toneladas de arroz y en la estabilidad económica de los sistemas arroceros.
Manejo postcosecha para cuidar la calidad
El manejo postcosecha del arroz determina con precisión quirúrgica el valor comercial del grano, incluso cuando el manejo agronómico previo ha sido impecable, un secado deficiente, una cosecha atrasada o una mala clasificación generan pérdidas de calidad que ningún proceso industrial corrige después, por eso la secuencia de decisiones desde el momento de la cosecha hasta el almacenamiento prolongado debe entenderse como un sistema integrado, donde cada etapa condiciona la siguiente.
Momento de cosecha y condiciones iniciales del grano
El punto de partida es la humedad de cosecha, que define la susceptibilidad del grano al daño mecánico y al deterioro fisiológico, en sistemas mexicanos de riego, el rango óptimo para arroz destinado a molienda está entre 20-24 % de humedad en base húmeda, cuando se cosecha por debajo de 18 % el grano se vuelve más quebradizo, aumenta el daño por impacto en la trilladora y se reduce el rendimiento de grano entero en el molino, mientras que por arriba de 24 % se incrementa la respiración, el calentamiento y el riesgo de desarrollo de hongos.
La uniformidad de madurez dentro del lote es otro determinante de calidad, una variación superior a 5 puntos porcentuales de humedad entre espigas provoca que, al aplicar un mismo régimen de secado, una fracción del grano se sobreseque y otra permanezca demasiado húmeda, lo que se traduce en diferencias de tensiones internas y, finalmente, en fisuras internas invisibles a simple vista pero letales para el rendimiento molinero, por ello la sincronización de la floración mediante siembras uniformes y láminas de riego estables es, en realidad, una medida preventiva de calidad postcosecha.
El ajuste fino de la trilladora cierra esta primera fase, la velocidad del cilindro, la separación cóncavo-cilindro y el flujo de material deben calibrarse para minimizar el porcentaje de granos partidos y descascarados en campo, se busca mantener el daño mecánico total por debajo de 2-3 %, ya que cualquier fisura generada en la trilla se amplifica durante el secado y el pulido, además, la presencia de impurezas vegetales y granos verdes incrementa la carga microbiana y dificulta el secado homogéneo, por lo que el pre-limpio inmediato es una inversión directa en calidad.
Secado: núcleo crítico de la calidad molinera
El secado del arroz es la etapa más sensible del manejo postcosecha, un proceso demasiado rápido genera gradientes de humedad entre la periferia y el centro del grano, se forman tensiones que culminan en microfisuras, mientras que un secado lento, en ambientes cálidos y húmedos, acelera la respiración, la descomposición de almidones y el desarrollo de hongos toxigénicos, en particular Aspergillus y Penicillium, que comprometen la inocuidad.
En condiciones tropicales, la estrategia más robusta es un secado escalonado, llevando el grano de 22-24 % hasta alrededor de 18 % en las primeras 8-12 horas, con aire a 40-45 °C para arroz destinado a consumo directo, y luego continuar con temperaturas más moderadas, 35-40 °C, hasta alcanzar 13-14 %, que es el nivel seguro para almacenamiento, el límite térmico para preservar la integridad del endospermo y las propiedades de cocción se sitúa alrededor de 45 °C para secados continuos, rebasarlo de forma sostenida reduce la translucidez y aumenta el porcentaje de granos tiza.
La velocidad de secado debe expresarse no solo en términos de porcentaje de humedad por hora, sino en función de la relación aire-grano y del contenido de humedad inicial, los sistemas de flujo continuo mal dimensionados, con cargas excesivas de grano, generan zonas muertas donde la humedad se mantiene alta, se forman “bolsas calientes” y se disparan procesos de deterioro localizados, en contraste, los secadores de flujo mixto bien diseñados permiten una extracción gradual de humedad con menor daño mecánico, lo que se refleja en incrementos de 3-5 puntos porcentuales en rendimiento de grano entero frente a sistemas rústicos.
El secado solar, aún frecuente en pequeñas unidades productivas, ofrece bajo costo pero alta variabilidad, para reducir el daño se requiere limitar el espesor de la capa de grano a 3-4 cm, volteos frecuentes y evitar exposiciones prolongadas a temperaturas de superficie superiores a 50 °C, que son comunes en pisos de concreto bajo radiación intensa, además, la exposición directa a polvo y fauna sinantrópica incrementa el riesgo de contaminación, por lo que incluso en contextos de baja inversión conviene combinar el presecado solar con un secado final en secador mecánico.
La transición entre secado y almacenamiento exige un periodo de temple del grano, de 12-24 horas, en el que se permite la redistribución interna de la humedad, este equilibrio reduce tensiones y estabiliza el grano antes de someterlo a movimientos adicionales, cuando el arroz se mueve o se pule inmediatamente después de un secado intenso, las fisuras latentes se convierten en fracturas visibles, disminuyendo la proporción de grano entero.
Almacenamiento, respiración y control de plagas
Una vez alcanzada la humedad objetivo, el desafío es conservarla estable frente a variaciones ambientales, el almacenamiento seguro de arroz cáscara se sitúa típicamente en 12-13 % de humedad para regiones cálidas y 13-14 % para climas más templados, siempre que la temperatura del grano se mantenga por debajo de 25-27 °C, la combinación humedad-temperatura define la actividad de agua y, con ello, el crecimiento de hongos y la tasa de respiración.
La respiración del grano continúa después de la cosecha, consumiendo reservas de almidón y lípidos, generando calor y CO₂, si el calor no se disipa, la temperatura interna de la masa de grano aumenta, se establecen focos de condensación en las capas superiores y se crea un microambiente ideal para hongos y ácaros, la aireación controlada, con flujos de 5-10 m³/min/t, permite igualar la temperatura del grano con la del ambiente y romper los gradientes térmicos, además, la monitorización sistemática de temperatura y humedad relativa en puntos estratégicos del silo es una práctica indispensable para anticipar problemas.
El control de plagas de almacén debe basarse en un enfoque preventivo, la limpieza exhaustiva de silos, bodegas y equipos antes de la recepción del nuevo grano reduce drásticamente las poblaciones iniciales de Sitophilus oryzae, Rhyzopertha dominica y otros insectos primarios, el uso de inertizantes como tierras diatomeas en dosis adecuadas, combinado con manejo hermético y, cuando la regulación lo permite, fumigaciones bien ejecutadas con fosfina, mantiene las infestaciones por debajo de umbrales económicos, sin embargo, la hermeticidad real de las estructuras y la capacitación en seguridad ocupacional son tan importantes como el ingrediente activo.
El diseño de las unidades de almacenamiento influye en la estabilidad de la calidad, silos con aislamiento térmico, techos bien ventilados y sistemas de aireación automatizados ofrecen mejores condiciones que bodegas planas sin control ambiental, aun así, en ambos casos, la rotación del inventario y el principio de “primero en entrar, primero en salir” son esenciales para evitar permanencias excesivas que degradan el índice de blancura, el aroma y la capacidad de absorción de agua durante la cocción.
Clasificación, molienda y trazabilidad de la calidad
Una vez estabilizado en almacenamiento, el arroz cáscara entra en la fase industrial, donde el descascarado, la separación de granos integrales y quebrados, el pulido y la clasificación por tamaño y color definen la presentación final, la calidad que percibe el consumidor depende de atributos como porcentaje de grano entero, uniformidad de longitud, translucidez, color y ausencia de defectos, muchos de ellos se originan en etapas previas, pero se expresan de forma evidente durante la molienda.
Los molinos modernos ajustan la presión de los rodillos descascaradores, la abrasión de los blanqueadores y la velocidad de los pulidores en función de la resistencia mecánica del grano, que a su vez depende de la historia de secado y almacenamiento, un arroz sobresecado, con humedad por debajo de 12 %, tiende a quebrarse más, por lo que mantener una humedad de acondicionamiento cercana a 13 % antes de la molienda mejora el rendimiento de entero, además, la clasificación óptica por color permite separar granos manchados, tizosos o con daño por insectos, elevando el valor de los lotes de alta pureza.
La trazabilidad entre lote de campo, condiciones de secado, parámetros de almacenamiento y resultados de molienda es una herramienta estratégica para los sistemas arroceros que buscan diferenciarse por calidad, registrar de manera sistemática la humedad de cosecha, las curvas de secado, las temperaturas de aireación y los niveles de infestación permite identificar puntos críticos y ajustar protocolos, con ello se reduce la variabilidad entre lotes y se construye una oferta más consistente para la industria y el mercado.
En contextos donde se desarrollan variedades especiales, como arroces aromáticos o de grano extra largo, el manejo postcosecha debe afinarse aún más, pequeños desajustes de temperatura en el secado o excesos en el pulido degradan compuestos volátiles responsables del aroma, modifican la textura y disminuyen la diferenciación sensorial, por tanto, el vínculo entre mejoramiento genético, manejo agronómico y postcosecha se vuelve inseparable, el potencial de calidad incorporado en el genotipo solo se expresa plenamente cuando la cadena postcosecha opera con criterios técnicos rigurosos y coherentes.
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